Como vimos en la anterior entrega de la vida de este apasionante sabio, Don Pánfilo plastificó los huevos que María de la Pirindola le había hecho.
Estando en tal proceso, nuestro hombre ideó una nueva forma de evitar el rechazo en aquellos primeros trasplantes que con tantísima timidez se empezaban a llevar a cabo.
Haciendo un poco de historia, es de menester recordar los esfuerzos que Mesié Trepanasuá hacía por perforar las cabezas de los enfermitos (en gratitud a su labor esa intervención lleva su nombre) y el Conde de la Sinapsis se esforzaba en hacer que las neuronas se comunicaran en código Morse.
Uno de los principales escollos con los que se encontraban los científicos de esa época era el del rechazo que los órganos provocaban en el cuerpo receptor. Era normal que después de haber trasplantado un riñón el cuerpo lo escupiera y este cayera al suelo y se manchara de tierra y ya no valiera para nada. El insigne Doctor en pediatría general Don Henry Ford (que a la postre acabaría fabricando coches y sonajeros) era partidario de injertar los miembros de dos en dos. El método se llamaba del órgano de repuesto. Cuando el cuerpo expulsaba el primer riñón (por ejemplo) se quedaba el otro. El profesor Quincy Diecisís por su parte defendía la tesis de grapar los órganos trasplantados y de coser muy deprisa la apertura para que el receptor no pudiera deshacerse del nuevo órgano (si el órgano era muy pequeño se hablaba de organillos, como todos ustedes saben).
Cabe destacar, por fin, los muchos éxitos que había cosechado el doctor Bernabé Barnabí, que mantenía anestesiados a sus pacientes dos años después de haber practicado la intervención, evitando el rechazo al estar el cuerpo dormido y soñando en sus cosas. Al cabo de ese tiempo el ya le había cogido cariño al nuevo miembro y lo aceptaba.
El método que proponía Don Pánfilo era revolucionario y novedoso. Había que plastificar el nuevo órgano; había que vendarle los ojos al paciente (para que no supiera que le estaban trasplantando y así no dar lugar a que hubiera rechazo) y por fin, había que decirle al despertar que el trasplante no se había podido llevar a cabo, y regalarle un globo de colores.
Los primeros intentos los realizó entre los buenos habitantes del villorrio miserable de su castillo aledaño.
Cuenta Don Pascualino del Abedul, su biógrafo, que cuando los pueblerinos se enteraron que el buen sabio buscaba gente sana para practicar sus trasplantes y que les daba un duro por intervención, corrieron entre grandes muestras de alborozo y afecto a seguir con sus quehaceres cotidianos. Todos ellos excepto Don Anónimo Sacacuartos, que tenía la única farmacia puticlub del pueblo y que era muy seguidor de la ciencia. Aquel fue el comienzo de una bonita amistad.
La primera intervención a la que se sometió el señor Sacacuartos fue a una extracción de molar. La operación fue muy bien aunque al final se le pinchó el globo y el paciente volvió muy triste a su casa.
Se le reimplantó el molar dos días después, ya siguiendo paso a paso el proceso que Don Pánfilo había ideado. El hueco que había dejado la pieza al salir, sin embargo, no era suficiente para volver a reimplantarla, así que se hizo necesario acoplarla debajo del labio. Allí había muchísimo más sitio y la muela estaba a sus anchas. Como además iba ya plastificada no hubo necesidad de lavarla nunca de nuevo, y con el dinero que ahorró en dentífrico pudo dar la entrada para un buen par de calcetines.
Animado con estos primeros resultados y dejado llevar por su ansia de gloria concede una entrevista al "National enquirer of the medicine and pianollas" de Massachussettes (ver mapa). La entrevista no es demasiado halagüeña, el entrevistador en varios momentos se levanta y le deja el block con las instrucciones de seguir preguntándose él solo. Pánfilo es un hombre de moral intachable y voluntad férrea, así que en esos momentos se hace preguntas muy comprometidas. Llega un momento en que no sabe que responder y se derrumba. Llora en el suelo y gime "no lo sé".
No está dispuesto a que esta iniciativa suya tan bonita quede frustrada por las malas artes de la prensa canallesca y al día siguiente (martes) compra varios kilos de ternera para plancha fileteada. Era una ternera buenísima, tierna, tierna y más rica... Aún se conserva un trozo de ella fosilizada en el museo de la ternera buena buenísima de Harizona de la frontera. Plastifica los filetes y pone un puesto de trasplantes en la puerta del hospital del distrito. Lo hace a un precio ridículo y le da tiempo trasplantar a tres transeúntes antes de que aparezca la policía urbana y deba salir corriendo.
Lo vuelve a intentar al día siguiente a las puertas del instituto policlínico de la vecindad (No vea ningún mapa, que se va a distraer y luego se pierde) y aun un día después en el dispensario de la parroquia aledaña. Esta vez no tiene suerte y es detenido.
Pasa la noche en el calabozo. Es una noche larga y triste. Allí escribe su fabulosa obra "Le pedí lumbre al carcelero". Es considerada una de las piezas fundamentales de la filosofía contemporánea. La forma en que describe la transportización del alma dispara las esencias de la sensibilidad humana y es capaz de acercarnos al concepto de ser superior como manifestación de alguien que puede ser o no más alto pero que seguro que grita más; su matización de la plasticidad como elemento liberador de la psiques lo pone a uno palote. Según muchos expertos Kant se inspiró en ella para su trabajo posterior.
María de la Pirindola lo espera a la mañana siguiente en la puerta de la alguacilería. Piensa que el magno hombre va a estar derrumbado y le propone ir a comer unos huevos fritos con puntillitas para levantarle la moral. Pánfilo está algo cansado, pero en modo alguno se siente derrotado. Come y duerme y enseguida vuelve a la carga.
Funda el "Instituto de Trasplantes y Filosofía Torquemada" y comienza su meteórica carrera en el mundo de la medicina avanzada.
Su método de trasplante es bastante efectivo. Además, como se atreve a garantizar el no rechazo, empieza a poner cremalleras a sus pacientes, por si tiene que andar abriendo y cerrando para meter y sacar órganos.
Es el éxito fulminante. La prensa del orbe lo aclama al grito de "artista", "torero" y "machote". Como siempre, se oyen voces discrepantes. Esta vez son Mesié Críspulo Guá, que se atreve a decir "No es para tanto" y Mister Crispín O'Hara, que directamente lo ignora.
Inasequible continua con sus trabajos de forma incansable hasta que un lunes 6 de abril le da pereza levantarse de la cama y le pide a su inestimable colaboradora que le escriba un justificante.
Se había aburrido de la medicina.
Continuará
lunes, 6 de abril de 2015
jueves, 2 de abril de 2015
Las andanzas y desventuras de Don José Luis Gil y Don Mariano Poya
PARTE PRIMATE DE TALES FAZAÑAS.
Contábase por ventura en los antiquísimos anales (no tiene nada que ver con los traseros, haced el favor de no distraerse) de esta villa nuestra y vuestra que hubo en tiempos remotos de gran consternación y rechinar de dientes dos gentiles hombres de rancio abolengo e hirsutas barbas unos y barbilampiños rostros otros, que hicieron gran bien a nuestros antepasados.
Estos tales fijosdalgo pasabanse el día discutiendo y en llegados casternolendas solianse poner en gran acuerdo y facían al final siempre lo mismo de misma manera. Eso sí, sin dejar de discutir.
Hubo en aquellos remotos tiempos un levantamiento de la morisca que se habíase acostado tarde y se pusose chulita. A la sazón gobernaba la Ínsula Barataria del 2ºB (Por favor, no confundir con la otra ínsula que no tenía número ni nada y que un tal Miguel de Nosequé Saavedra sacó en una novelucha de aquellos tiempos. Os lo pido por favor. Que para una vez que os pido algo ya me podíais hacer un poco más de caso) el apuesto Jeque Remigio Jamalajá (padre de Abdú Jamalajá, que tan importante papel jugó en la vida de Don Sisebuto Pechopollo, héroe preclaro de la antiguanza)
Tomaron parte en el conciliábulo de los grandes héroes que debían decidir el destino de la humanidad y tomó la palabra Don José Luis Gil et dixo con grandes sonetos que si la tierra es del viento y la paz es de los corazones, lo mejor es no hacer la guerra. Que lo conveniente es rendirse y no luchar para así no hacer daño a nadie y promover el amor y que todos cuenten las nubes.
Saltó airado en este punto Don Mariano Poya y con grandes alharacas exclamó que no estaba de acuerdo, ni mucho menos.
Que había que hacer frente a tales amenazas, pero en otro momento. Que lo mejor ahora era no luchar y rendirse. Que ya se cansarían de matar y robar los infieles y se huirían aburridos más adelante. No era conveniente precipitarse y malgastar esfuerzos y recursos que podían ser necesarios en más adelantes tiempos.
Tomó la palabra el adelantado de la Siguenza (que en aquellos tiempos se escribía sin diéresis ni nada) y les dijo:
- Caballeros Gil y Poya, haced el favor de salir, que vamos a hablar unas cosas muy importantes y muy escandalosas y no es menester que os enredéis en disquisiciones y tonterías. Ahora mismico os avisamos para que volváis a entrar, en un momento.
Y cuando salieron atrancaron la puerta y ya no los dejaron entrar otra vez.
Contábase por ventura en los antiquísimos anales (no tiene nada que ver con los traseros, haced el favor de no distraerse) de esta villa nuestra y vuestra que hubo en tiempos remotos de gran consternación y rechinar de dientes dos gentiles hombres de rancio abolengo e hirsutas barbas unos y barbilampiños rostros otros, que hicieron gran bien a nuestros antepasados.
Estos tales fijosdalgo pasabanse el día discutiendo y en llegados casternolendas solianse poner en gran acuerdo y facían al final siempre lo mismo de misma manera. Eso sí, sin dejar de discutir.
Hubo en aquellos remotos tiempos un levantamiento de la morisca que se habíase acostado tarde y se pusose chulita. A la sazón gobernaba la Ínsula Barataria del 2ºB (Por favor, no confundir con la otra ínsula que no tenía número ni nada y que un tal Miguel de Nosequé Saavedra sacó en una novelucha de aquellos tiempos. Os lo pido por favor. Que para una vez que os pido algo ya me podíais hacer un poco más de caso) el apuesto Jeque Remigio Jamalajá (padre de Abdú Jamalajá, que tan importante papel jugó en la vida de Don Sisebuto Pechopollo, héroe preclaro de la antiguanza)
Tomaron parte en el conciliábulo de los grandes héroes que debían decidir el destino de la humanidad y tomó la palabra Don José Luis Gil et dixo con grandes sonetos que si la tierra es del viento y la paz es de los corazones, lo mejor es no hacer la guerra. Que lo conveniente es rendirse y no luchar para así no hacer daño a nadie y promover el amor y que todos cuenten las nubes.
Saltó airado en este punto Don Mariano Poya y con grandes alharacas exclamó que no estaba de acuerdo, ni mucho menos.
Que había que hacer frente a tales amenazas, pero en otro momento. Que lo mejor ahora era no luchar y rendirse. Que ya se cansarían de matar y robar los infieles y se huirían aburridos más adelante. No era conveniente precipitarse y malgastar esfuerzos y recursos que podían ser necesarios en más adelantes tiempos.
Tomó la palabra el adelantado de la Siguenza (que en aquellos tiempos se escribía sin diéresis ni nada) y les dijo:
- Caballeros Gil y Poya, haced el favor de salir, que vamos a hablar unas cosas muy importantes y muy escandalosas y no es menester que os enredéis en disquisiciones y tonterías. Ahora mismico os avisamos para que volváis a entrar, en un momento.
Y cuando salieron atrancaron la puerta y ya no los dejaron entrar otra vez.
sábado, 21 de marzo de 2015
Susodicho Jones contra las barbacoas salvajes de la Selva inexplorada
AVISO MUY IMPORTANTE:
LO QUE SIGUE ESTÁ BASADO EN HECHOS REALES. HAY UN ALTÍSIMO CONTENIDO EN VIOLENCIA Y SEXO (A UN SEÑOR LO MATAN SIETE VECES Y A UNA SEÑORA SE LE SALE UNA TETA. AFORTUNADAMENTE ESTABA DE ESPALDAS Y DETRÁS DE UNOS ARBUSTOS, MATANDO AL SEÑOR)
El martes por la tarde, como hacía bueno, Susodicho se fumó las clases y se fue de picnic al campo. Se preparó los apuntes para repasar y un bocadillo de chistorra para esa hora bruja en que nos entra hambre y los sabios hombres (y algunas mujeres) de la antigüedad, con ese salero antiguo llamaron "la hora de la merienda". Preparados se quedaron apuntes y chistorra encima del piano y hete aquí que cuando menos se lo esperaba (él lo esperaba un rato después) vióse perdido, hambriento y sin acordarse del tema 9 en mitad del campo agreste que hay al final de la Calle del Pompillo, esquina a la Avenida de Montecarlo.
Ululaban los lobos en la lontananza y rugían los tigres en la más lontana lontananza (ver mapa).
Como nuestro héroe (a falta de otro mejor) es un hombre de recursos (o al menos lo parece) decidió sobrevivir hasta la hora de la cena y averiguar el terrible secreto que yacía oculto al final del campo proceloso. Así que se puso en marcha rumbo al horizonte de la derecha y pronto llegó al límite de la selva inexplorada (ver mapa). Lo descubrió enseguida, ¡menudo es él!, en cuanto vio el cartel de límite de circuito taxi se dijo "este va a ser el límite del circuito taxi del campo proceloso". Dándose por satisfecho se dispuso a dar la vuelta y rescatar el bocata de chistorra del dominio del piano de cola y media que había entre sus suntuosos salones, cuando fue capturado por la tribu de las mujeres guerreras conocidas por las barbacoas.
A diferencia de las amazonas, que son conocidas en todo el mundo, se sabe muy poco de las barbacoas. Yo tengo una vecina que es amazona y no puede salir a la calle sin que la paren continuamente para pedirle autógrafos y hacerse selfies con ella. Y tengo otra que es barbacoa (es que mi calle es muy guay) y no la conocen ni sus hermanos, que a menudo le suelen pedir el DNI para cerciorarse de que son familia.
La tribu de las barbacoas, a raíz de los últimos descubrimientos, es originaria de la selva inexplorada. Sus primeras integrantes fueron Doña Hermenigilda del Príapo Excelso, y Doña Inés Tres Treintaytres, que allá por la baja edad media se fueron de acampada con el colegio y se alejaron de los límites del campamento para fumar a escondidas y hablar de lo macizo que se estaba poniendo Don Roque de la Roca (que andando el tiempo llegaría a ser Caballo de Copas, pero eso es otra historia) con la excusa de hacer sus necesidades corpóreas rodeadas de rododendros y amapolas. No supieron después regresar (o como algunos estudiosos apuntan, es probable que no llevaran clinex encima y se fueran a por unos a algún semáforo , no sabiendo después hallar el camino de retorno) y ya se quedaron a vivir en la selva. Acogieron a todas las féminas meonas que no sabían volver a sus campamentos o barbacoas dominicales (de ahí parece ser que proviene el nombre de la tribu) y se llegaron a convertir en el grupo de mujeres guerreras que son a día de hoy.
- ¿Quien ser tú? -preguntó la más cotilla.
- ¿Cómo dice? -quiso saber Susodicho.
- Que tú quien ser
- Es que no... a ver... que no la entiendo
Se acercó a él con cara de enfado una barbacoa guapísima, con unos ojos tan grandes que parecía que se le iban a saltar del sujetador y le dijo:
- Que tú quien ere mi arma.
- No, si no espik englis, mi no comprender, lle nou parlochen franchusen, emmmhhh
- Este chico es bobo -dijo una voz en la espesura.
- Pues ala, soltadlo y ya buscaremos a otro.
- Jooooo, seño...
- Soltadlo y no se hable más. Ya es la hora nona y es tiempo de yantar. Vayamos a nuestro humilde poblado a comer los sencillos entrecots con patatas y pimientos que la mujer sabia de la tribu nos debe haber preparado para la cena -dijo la que debía ser la jefa.
-Joooo -dijeron las guerreras
-Joooo -dijo Susodicho- que creo que ya las empiezo a entender.
Pero las agrestes mujeres no le hicieron caso y se marcharon.
Y nuestro héroe cogió un taxi allí cerca y volvió a su mansión y se pudo comer la chistorra, que ya estaba seca. Y cuando se iba a poner con los apuntes se quedó dormido. El angelito.
¡Ah, es verdad! Que se me olvidaba. Y en la tele pusieron una película que salía un señor que lo mataban siete veces y a una señora se le salía una teta, pero no se le veía ni nada.
LO QUE SIGUE ESTÁ BASADO EN HECHOS REALES. HAY UN ALTÍSIMO CONTENIDO EN VIOLENCIA Y SEXO (A UN SEÑOR LO MATAN SIETE VECES Y A UNA SEÑORA SE LE SALE UNA TETA. AFORTUNADAMENTE ESTABA DE ESPALDAS Y DETRÁS DE UNOS ARBUSTOS, MATANDO AL SEÑOR)
El martes por la tarde, como hacía bueno, Susodicho se fumó las clases y se fue de picnic al campo. Se preparó los apuntes para repasar y un bocadillo de chistorra para esa hora bruja en que nos entra hambre y los sabios hombres (y algunas mujeres) de la antigüedad, con ese salero antiguo llamaron "la hora de la merienda". Preparados se quedaron apuntes y chistorra encima del piano y hete aquí que cuando menos se lo esperaba (él lo esperaba un rato después) vióse perdido, hambriento y sin acordarse del tema 9 en mitad del campo agreste que hay al final de la Calle del Pompillo, esquina a la Avenida de Montecarlo.
Ululaban los lobos en la lontananza y rugían los tigres en la más lontana lontananza (ver mapa).
Como nuestro héroe (a falta de otro mejor) es un hombre de recursos (o al menos lo parece) decidió sobrevivir hasta la hora de la cena y averiguar el terrible secreto que yacía oculto al final del campo proceloso. Así que se puso en marcha rumbo al horizonte de la derecha y pronto llegó al límite de la selva inexplorada (ver mapa). Lo descubrió enseguida, ¡menudo es él!, en cuanto vio el cartel de límite de circuito taxi se dijo "este va a ser el límite del circuito taxi del campo proceloso". Dándose por satisfecho se dispuso a dar la vuelta y rescatar el bocata de chistorra del dominio del piano de cola y media que había entre sus suntuosos salones, cuando fue capturado por la tribu de las mujeres guerreras conocidas por las barbacoas.
A diferencia de las amazonas, que son conocidas en todo el mundo, se sabe muy poco de las barbacoas. Yo tengo una vecina que es amazona y no puede salir a la calle sin que la paren continuamente para pedirle autógrafos y hacerse selfies con ella. Y tengo otra que es barbacoa (es que mi calle es muy guay) y no la conocen ni sus hermanos, que a menudo le suelen pedir el DNI para cerciorarse de que son familia.
La tribu de las barbacoas, a raíz de los últimos descubrimientos, es originaria de la selva inexplorada. Sus primeras integrantes fueron Doña Hermenigilda del Príapo Excelso, y Doña Inés Tres Treintaytres, que allá por la baja edad media se fueron de acampada con el colegio y se alejaron de los límites del campamento para fumar a escondidas y hablar de lo macizo que se estaba poniendo Don Roque de la Roca (que andando el tiempo llegaría a ser Caballo de Copas, pero eso es otra historia) con la excusa de hacer sus necesidades corpóreas rodeadas de rododendros y amapolas. No supieron después regresar (o como algunos estudiosos apuntan, es probable que no llevaran clinex encima y se fueran a por unos a algún semáforo , no sabiendo después hallar el camino de retorno) y ya se quedaron a vivir en la selva. Acogieron a todas las féminas meonas que no sabían volver a sus campamentos o barbacoas dominicales (de ahí parece ser que proviene el nombre de la tribu) y se llegaron a convertir en el grupo de mujeres guerreras que son a día de hoy.
- ¿Quien ser tú? -preguntó la más cotilla.
- ¿Cómo dice? -quiso saber Susodicho.
- Que tú quien ser
- Es que no... a ver... que no la entiendo
Se acercó a él con cara de enfado una barbacoa guapísima, con unos ojos tan grandes que parecía que se le iban a saltar del sujetador y le dijo:
- Que tú quien ere mi arma.
- No, si no espik englis, mi no comprender, lle nou parlochen franchusen, emmmhhh
- Este chico es bobo -dijo una voz en la espesura.
- Pues ala, soltadlo y ya buscaremos a otro.
- Jooooo, seño...
- Soltadlo y no se hable más. Ya es la hora nona y es tiempo de yantar. Vayamos a nuestro humilde poblado a comer los sencillos entrecots con patatas y pimientos que la mujer sabia de la tribu nos debe haber preparado para la cena -dijo la que debía ser la jefa.
-Joooo -dijeron las guerreras
-Joooo -dijo Susodicho- que creo que ya las empiezo a entender.
Pero las agrestes mujeres no le hicieron caso y se marcharon.
Y nuestro héroe cogió un taxi allí cerca y volvió a su mansión y se pudo comer la chistorra, que ya estaba seca. Y cuando se iba a poner con los apuntes se quedó dormido. El angelito.
¡Ah, es verdad! Que se me olvidaba. Y en la tele pusieron una película que salía un señor que lo mataban siete veces y a una señora se le salía una teta, pero no se le veía ni nada.
lunes, 9 de marzo de 2015
Modelo de carta de protesta
Estimados señores:
Por la presente quiero dejar constancia de mi más enérgica queja sobre sus servicios.
El pasado día 5 del presente mes adquirí en el establecimiento de su cadena sito en la calle esa ancha con muchas farolas que hay al final de la rotonda de la fuente de los colorines, un paquete de un kilo de azúcar blanco de la marca "La fosforita". El azúcar estaba sito en un estante rodeado de más paquetes de azucareses del mismo o parecido color.
Al llegar a mi casa sita en otra calle diferente y cambiarme de ropa, intenté hacerme un Brownie (no es nada cochino, es un bizcocho de chocolate) con una receta que me había pasado mi cuñada Irene. Con tan mala fortuna que me salió blanco y chuchurrio. Y la culpa es de su producto. Si en lugar de azúcar blanco hubiera sido azúcar de color chocolate me hubiera salido un bizcocho riquísimo y yo hubiera ido a presumir de ello a mi vecino Don Engracio que siempre está presumiendo de lo bien que le salen a él los bizcochos con nueces. Como si no supiéramos todos que los compra hechos en el Mercadona sito en la calle del Mercadona.
Les agradecería que en lugar de mandarme un paquete de azúcar por correo o el importe en una carta, le digan a la cajera esa gorda con gafas que no me cobre en la siguiente compra.
Es cierto que no le eché chocolate a la masa del brownie, como quizá debiera haber hecho en un principio, pero ese error es humano y disculpable y no tiene nada que ver con el hecho fundamental de que su azúcar es blanco. También pudo haber influido que no encendiera el horno, pero creo que tal factor carece de importancia dado que tuve el bizcocho toda la tarde en el mismo.
Es también cierto que el paquete de azúcar lo compré en otra tienda, pero es que ellos no tienen servicio de protesta de este y ustedes sí. Además, tampoco lo pagué, que salí corriendo.
Dios guarde a usted muchos años y tal y Pascual.
En Cartagena de la frontera a tantos de tantos.
Por la presente quiero dejar constancia de mi más enérgica queja sobre sus servicios.
El pasado día 5 del presente mes adquirí en el establecimiento de su cadena sito en la calle esa ancha con muchas farolas que hay al final de la rotonda de la fuente de los colorines, un paquete de un kilo de azúcar blanco de la marca "La fosforita". El azúcar estaba sito en un estante rodeado de más paquetes de azucareses del mismo o parecido color.
Al llegar a mi casa sita en otra calle diferente y cambiarme de ropa, intenté hacerme un Brownie (no es nada cochino, es un bizcocho de chocolate) con una receta que me había pasado mi cuñada Irene. Con tan mala fortuna que me salió blanco y chuchurrio. Y la culpa es de su producto. Si en lugar de azúcar blanco hubiera sido azúcar de color chocolate me hubiera salido un bizcocho riquísimo y yo hubiera ido a presumir de ello a mi vecino Don Engracio que siempre está presumiendo de lo bien que le salen a él los bizcochos con nueces. Como si no supiéramos todos que los compra hechos en el Mercadona sito en la calle del Mercadona.
Les agradecería que en lugar de mandarme un paquete de azúcar por correo o el importe en una carta, le digan a la cajera esa gorda con gafas que no me cobre en la siguiente compra.
Es cierto que no le eché chocolate a la masa del brownie, como quizá debiera haber hecho en un principio, pero ese error es humano y disculpable y no tiene nada que ver con el hecho fundamental de que su azúcar es blanco. También pudo haber influido que no encendiera el horno, pero creo que tal factor carece de importancia dado que tuve el bizcocho toda la tarde en el mismo.
Es también cierto que el paquete de azúcar lo compré en otra tienda, pero es que ellos no tienen servicio de protesta de este y ustedes sí. Además, tampoco lo pagué, que salí corriendo.
Dios guarde a usted muchos años y tal y Pascual.
En Cartagena de la frontera a tantos de tantos.
domingo, 11 de enero de 2015
El caso de mucho miedo
Era una noche triste y lluviosa (eso en la parte de fuera). El camarero pasaba con aire triste y lluvioso un trapo por el mostrador y pensaba en sus cosas con aire melancólico y nublado.
Apagué la colilla en el cenicero y apuré mi vaso. Miré a mi amigo. Tenía el aire ausente de los domingos por la tarde. Debía ir adelantado, porque era jueves.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté
No me contestó. Como no está acostumbrado a fumar, cuando se echa un cigarrillo a la boca termina por tragárselo y se suele quemar. Creo que no es agradable.
Cuando por fin pudo hablar me contó el caso del que se suele acordar en los días así. Es de mucho miedo, y es este:
Aquel hombre era grande y llevaba una gabardina de color gabardina con hombreras sobre los hombros. Se encaró con el detective y le dijo:
- Tiene usted que ayudarme. Buenos días.
Susodicho, que como todos ustedes saben es un hombre de acción (de acción retardada, pero de acción al fin y al cabo) lo miró con los ojos que lleva en la cara desde el día en que nació (costumbre de su familia, que son muy tradicionales) y le dijo.
- Buenos días.
- Tiene usted que ayudarme, señor detective.
El detective lo miró otra vez (es un artista mirando) con sus ojitos de lince y lo invitó a continuar. El hombre continuó.
- Me llamo Señor Pérez y soy un hombre de negocios. Me lavo y me peino todos los días. Tengo una mujer y una tele en color en mi casa y quiero que me ayude...que me ayude...ehmmmm.... he... -el sujeto hacía grandes esfuerzos por no derrumbarse y acabar la frase, pero no podía, no podía-...con un caso....jo que caso....no puedo, no puedo...
- Tranquilícese, Señor.
- Vale, entonces si. Pues ya me tranquilizo. Pues nada, que nos ha salido un espíritu burlón en la cocina y cada vez que entro a freirme un huevo me da collejas y me tira de las trenzas y a mi señora le levanta las faldas, y como ella lo que usa son pantalones, le causa gran congoja. He mirado en el Mercadona si había algún repelente para espíritus burlones, pero no hay. Para cucarachas y ratones si.
- No se preocupe. Yo me haré cargo.
Era ya por la noche cuando llegó a casa de Señor Pérez. Era una casa con paredes a los lados y techo en la parte de arriba.
- ¿Donde está la cocina? -preguntó.
- Allí, está indicado en las flechas del pasillo. Es que como llevamos pocos años viviendo aquí hemos puesto indicadores para orientarnos.
- Muy bien, -dijo el enérgico detective, y se fue a la cocina.
- ¿Es esta la cocina? -preguntó al llegar a cierto habitáculo con un frigorífico con congelador, una vitrocerámica, horno y un fregadero.
- Sí. No se le escapa a usted nada.
- Y dice usted que ese ente sale cuando se fríe usted un huevo -dijo mientras se desabrochaba el pantalón.
- Perdóneme, señor detective. Que seguramente de estas cosas sabe usted más que yo, pero el huevo que yo frío es de gallina, de esos blancos con cascara por fuera.
- ¡Ah! Menos mal, porque estaba pensando que igual iba a estar incómodo ahí encaramado.
Y dicho esto se puso a freír el huevo. Lo hizo con puntillitas y le salió muy mono.
El espíritu burlón no se presentó aquella noche.
Volvió a la noche siguiente. Frió otro huevo y ya se quedó a cenar. Tampoco apareció el aparecido.
(Por cierto si un aparecido no aparece... vale, dejémoslo). Y volvió a freír huevos a las noches siguientes. No se vio al espíritu. Al final se acabó el cartón y Susodicho dio el caso por zanjado.
-¿Y la parte de miedo? -le pregunté a mi amigo aquella noche triste y lluviosa en la barra del bar.
- Pues que me subió mucho el colesterol -me dijo el gilipollas.
Apagué la colilla en el cenicero y apuré mi vaso. Miré a mi amigo. Tenía el aire ausente de los domingos por la tarde. Debía ir adelantado, porque era jueves.
- ¿Qué te pasa? - le pregunté
No me contestó. Como no está acostumbrado a fumar, cuando se echa un cigarrillo a la boca termina por tragárselo y se suele quemar. Creo que no es agradable.
Cuando por fin pudo hablar me contó el caso del que se suele acordar en los días así. Es de mucho miedo, y es este:
Aquel hombre era grande y llevaba una gabardina de color gabardina con hombreras sobre los hombros. Se encaró con el detective y le dijo:
- Tiene usted que ayudarme. Buenos días.
Susodicho, que como todos ustedes saben es un hombre de acción (de acción retardada, pero de acción al fin y al cabo) lo miró con los ojos que lleva en la cara desde el día en que nació (costumbre de su familia, que son muy tradicionales) y le dijo.
- Buenos días.
- Tiene usted que ayudarme, señor detective.
El detective lo miró otra vez (es un artista mirando) con sus ojitos de lince y lo invitó a continuar. El hombre continuó.
- Me llamo Señor Pérez y soy un hombre de negocios. Me lavo y me peino todos los días. Tengo una mujer y una tele en color en mi casa y quiero que me ayude...que me ayude...ehmmmm.... he... -el sujeto hacía grandes esfuerzos por no derrumbarse y acabar la frase, pero no podía, no podía-...con un caso....jo que caso....no puedo, no puedo...
- Tranquilícese, Señor.
- Vale, entonces si. Pues ya me tranquilizo. Pues nada, que nos ha salido un espíritu burlón en la cocina y cada vez que entro a freirme un huevo me da collejas y me tira de las trenzas y a mi señora le levanta las faldas, y como ella lo que usa son pantalones, le causa gran congoja. He mirado en el Mercadona si había algún repelente para espíritus burlones, pero no hay. Para cucarachas y ratones si.
- No se preocupe. Yo me haré cargo.
Era ya por la noche cuando llegó a casa de Señor Pérez. Era una casa con paredes a los lados y techo en la parte de arriba.
- ¿Donde está la cocina? -preguntó.
- Allí, está indicado en las flechas del pasillo. Es que como llevamos pocos años viviendo aquí hemos puesto indicadores para orientarnos.
- Muy bien, -dijo el enérgico detective, y se fue a la cocina.
- ¿Es esta la cocina? -preguntó al llegar a cierto habitáculo con un frigorífico con congelador, una vitrocerámica, horno y un fregadero.
- Sí. No se le escapa a usted nada.
- Y dice usted que ese ente sale cuando se fríe usted un huevo -dijo mientras se desabrochaba el pantalón.
- Perdóneme, señor detective. Que seguramente de estas cosas sabe usted más que yo, pero el huevo que yo frío es de gallina, de esos blancos con cascara por fuera.
- ¡Ah! Menos mal, porque estaba pensando que igual iba a estar incómodo ahí encaramado.
Y dicho esto se puso a freír el huevo. Lo hizo con puntillitas y le salió muy mono.
El espíritu burlón no se presentó aquella noche.
Volvió a la noche siguiente. Frió otro huevo y ya se quedó a cenar. Tampoco apareció el aparecido.
(Por cierto si un aparecido no aparece... vale, dejémoslo). Y volvió a freír huevos a las noches siguientes. No se vio al espíritu. Al final se acabó el cartón y Susodicho dio el caso por zanjado.
-¿Y la parte de miedo? -le pregunté a mi amigo aquella noche triste y lluviosa en la barra del bar.
- Pues que me subió mucho el colesterol -me dijo el gilipollas.
sábado, 3 de enero de 2015
Tatiano XXIX, el insurrecto (Ora pro nobis)
Nació entre ricos oropeles y lujosos mantos en el palacio imperial de Santa Apapucia, villa y corte. Hijo de Tarencio III, el pomposo, rey a la sazón de la Ponderosia y conde de Illinois. Su madre fue Doña Ñeoncia, la desfasada, sota del sacro imperio. A su madre la llamaban de tal guisa porque movía la boca al rato de que se la hubiera oído hablar. Era una señora muy rara.
Su padre recibió el titulo de pomposo como regalo de reyes al cumplir los cuatro años y lo conservó el resto de sus días. Aunque según cuenta la leyenda, hubiera preferido unas alpargatas.
Tatiano XXIX, al nacer no era el insurrecto, sino un bebé gritón que se ponía colorado, colorado y daba grima.
Su madre, al dar a luz se fue a jugar al paddel y luego se comió un bocadillo de chistorras y una coca cola. Su padre, que era muy belicoso, estaba en la guerra de los 30 años, que por esas fechas celebraba su onomástica y tampoco estuvo presente (de subjuntivo) en el parto.
La infancia de Tatiano XXIX transcurrió como la de la mayor parte de los príncipes de su edad, pilotando los helicópteros de la época y cazando ranas. Tiene mucho mérito este último punto, porque Tatianito XXIX las cazaba en el pasillo del palacio imperial, donde no las había.
Al llegar a la tierna edad de treinta años, su padre, que a la sazón estaba ya muy mayor lo llamó a su presencia y tras reñirle por llevar los zapatos llenos de barro le dijo:
- Has de saber, hijo dilecto, que todo esto, cuando yo muera, será tuyo.
Y se murió.
Esa tarde, Tatiano XXIX tenía un partido de fútbol sala contra el Sanitarios Fuengirola Fútbol Club, y lo de convertirse en rey le venía muy mal, así que promovió un movimiento para acabar con la monarquía. Atajó la asonada su tío el vizconde de Azotanalgas de una certera colleja.
No se suspendió el partido y Tatiano XXIX heredó el reino. Su equipo perdió y bajó de categoría. Esa noche, Tatiano XXIX juró acabar con la monarquía y ajusticiar al rey, que en su inocencia párvula no recayó en que era él mismo.
Al día siguiente, por la mañana, atendió al consejo del reino y dictó leyes y comió macarrones con tomate y todas esas cosas que hacen los reyes.
Por la tarde se reunió con un grupo de rebeldes para planear la revolución, inventar consignas como "El rey se cabrea, ea ea ea", o esta otra que no tuvo mucho éxito "El conde de Azotanalga es tonto, ea ea ea" porque no se les daba del todo bien lo de la rima. Como es normal, por las tardes pasaban mucha hambre, como buenos revolucionarios.
La policía secreta en seguida dio con sus escondrijos. Principalmente porque al salir del palacio para reunirse con los revolucionarios, Tatiano XXIX solía advertir al ministro de guardia a donde se dirigía, por si tenían que enviarle algún recado o algún bocadillo de lo que fuera.
A tal punto llegó el cerco policial, que a la semana de empezar la revolución solo quedaron en libertad Tatiano XXIX y su primo, Amando Gerundio, vizcondesito de Lavacaquerríe.
Amando a los pocos años se convertiría en director de circo y aclamado experto en tomar teses, siendo considerado el mayor tomador de teses del siglo que nos ocupa. Fue tal su fama que llegó a tomar té para la nobleza austriaca, que entusiasmada le solicitó varios bises, llegando a tomar diecisiete litros de té en la misma jornada. Luego se le resintió un poco la vejiga.
Dejándose llevar por la desesperanza y el hambre (esa tarde habían puesto chocolate y buñuelos en palacio, pero como no estaban, se los perdieron), decidieron dar un golpe de estado para el día 5 de enero, que por ser las fiestas no había partido de fútbol sala.
Amaneció nublado. Se oyeron tambores en la lontananza. Un señor con voz de pito anunciaba su mercancía en los extrarradios de la gran urbe.
A las tres de la tarde comenzó la revolución. A las tres y cinco caía fulminado de una pedrada que él mismo se había tirado, Tatiano XXIX. Se suspendió la revuelta y se trasladó al rey al hospital.
Se le pudo salvar la vida, pero se quedó tontito.
Tuvo dos hijas, a una le puso su nombre y a la otra le regaló un sonajero, pero cuando tuvo edad lo empeñó y se compró un chalet en allende los mares del sur.
Tatiano XXIX pasó a la historia como el insurrecto. Pero podía haber sido el tontito y tampoco hubiera pasado nada.
Su padre recibió el titulo de pomposo como regalo de reyes al cumplir los cuatro años y lo conservó el resto de sus días. Aunque según cuenta la leyenda, hubiera preferido unas alpargatas.
Tatiano XXIX, al nacer no era el insurrecto, sino un bebé gritón que se ponía colorado, colorado y daba grima.
Su madre, al dar a luz se fue a jugar al paddel y luego se comió un bocadillo de chistorras y una coca cola. Su padre, que era muy belicoso, estaba en la guerra de los 30 años, que por esas fechas celebraba su onomástica y tampoco estuvo presente (de subjuntivo) en el parto.
La infancia de Tatiano XXIX transcurrió como la de la mayor parte de los príncipes de su edad, pilotando los helicópteros de la época y cazando ranas. Tiene mucho mérito este último punto, porque Tatianito XXIX las cazaba en el pasillo del palacio imperial, donde no las había.
Al llegar a la tierna edad de treinta años, su padre, que a la sazón estaba ya muy mayor lo llamó a su presencia y tras reñirle por llevar los zapatos llenos de barro le dijo:
- Has de saber, hijo dilecto, que todo esto, cuando yo muera, será tuyo.
Y se murió.
Esa tarde, Tatiano XXIX tenía un partido de fútbol sala contra el Sanitarios Fuengirola Fútbol Club, y lo de convertirse en rey le venía muy mal, así que promovió un movimiento para acabar con la monarquía. Atajó la asonada su tío el vizconde de Azotanalgas de una certera colleja.
No se suspendió el partido y Tatiano XXIX heredó el reino. Su equipo perdió y bajó de categoría. Esa noche, Tatiano XXIX juró acabar con la monarquía y ajusticiar al rey, que en su inocencia párvula no recayó en que era él mismo.
Al día siguiente, por la mañana, atendió al consejo del reino y dictó leyes y comió macarrones con tomate y todas esas cosas que hacen los reyes.
Por la tarde se reunió con un grupo de rebeldes para planear la revolución, inventar consignas como "El rey se cabrea, ea ea ea", o esta otra que no tuvo mucho éxito "El conde de Azotanalga es tonto, ea ea ea" porque no se les daba del todo bien lo de la rima. Como es normal, por las tardes pasaban mucha hambre, como buenos revolucionarios.
La policía secreta en seguida dio con sus escondrijos. Principalmente porque al salir del palacio para reunirse con los revolucionarios, Tatiano XXIX solía advertir al ministro de guardia a donde se dirigía, por si tenían que enviarle algún recado o algún bocadillo de lo que fuera.
A tal punto llegó el cerco policial, que a la semana de empezar la revolución solo quedaron en libertad Tatiano XXIX y su primo, Amando Gerundio, vizcondesito de Lavacaquerríe.
Amando a los pocos años se convertiría en director de circo y aclamado experto en tomar teses, siendo considerado el mayor tomador de teses del siglo que nos ocupa. Fue tal su fama que llegó a tomar té para la nobleza austriaca, que entusiasmada le solicitó varios bises, llegando a tomar diecisiete litros de té en la misma jornada. Luego se le resintió un poco la vejiga.
Dejándose llevar por la desesperanza y el hambre (esa tarde habían puesto chocolate y buñuelos en palacio, pero como no estaban, se los perdieron), decidieron dar un golpe de estado para el día 5 de enero, que por ser las fiestas no había partido de fútbol sala.
Amaneció nublado. Se oyeron tambores en la lontananza. Un señor con voz de pito anunciaba su mercancía en los extrarradios de la gran urbe.
A las tres de la tarde comenzó la revolución. A las tres y cinco caía fulminado de una pedrada que él mismo se había tirado, Tatiano XXIX. Se suspendió la revuelta y se trasladó al rey al hospital.
Se le pudo salvar la vida, pero se quedó tontito.
Tuvo dos hijas, a una le puso su nombre y a la otra le regaló un sonajero, pero cuando tuvo edad lo empeñó y se compró un chalet en allende los mares del sur.
Tatiano XXIX pasó a la historia como el insurrecto. Pero podía haber sido el tontito y tampoco hubiera pasado nada.
sábado, 27 de diciembre de 2014
Cuentos ejemplares (III)
FÁBULA DEL HOMBRE QUE TENIA CARA DE SANDÍA (SIN PEPITAS)
Lo que sigue es un fragmento del antiquísimo libro "Abdalá jamalá, ain Já, jamalá", escrito en el siglo V a. de C. por un autor anónimo de Persia central. El citado libro fue hallado hace unos días en una tinaja enterrada en el desierto de Almeria por un pastor de camellos. El pastor ha sido procesado por andar desenterrando vasijas antiguas, y los papiros traducidos por la escuela de traductores de Toledo (el alumno que lo tradujo sacó un siete de nota media por dicho trabajo, parece que se hacía un lío con los verbos apostrolares y los circunspectos, que tanto abundan en el persa de esa época).
"...en habiendo acabado las risas y las toses, dijo el sabio hombre:
Habéis de saber que en esta ciudad nuestra vivía hace muchos años un hombres de gran valía y apuesta galanura, era piadoso y trabajador, alto y moreno de garzos ojos negros y tan anchos hombros que había muchas calles por las que no podía entrar si no era poniéndose de lado. Y hubiera sido el más deseado de los hombres si no fuera porque los dioses le habían dado una cara que era totalmente una sandía. Era verde por fuera y tenia luengas manchas de brillante color en la su frente. Y cuando sonreía se hacia de cara rara y extraño aspecto. Y los niños le hacían cabriolas y le tiraban graciosos escupitajos al su paso. Y las madres de los niños le daban ultramuces y papeles con sus direcciones, por si algún día se perdía, que pudiera pedir indicaciones. Et llegó a oídos del prelado de la existencia de tan bello señor et dijole al su ayudante.
- Don Jacobito, ¿es por ventura cierta la romanza que se me disce de un señor circunflejo de anchos hombros y galana sonrisa que tiene cara de sandía?
- Si, sabio prelado, es conocida en esta ciudad nuestra de la existencia de ese mozalbete al que su padre, en un arranque de embriaguez etílica puso por nombre Don Anselmo -contestóle el ayudante, dejándose llevar por esa pelotería tan propia de los funcionarios de la época.
- Pues que curioso, ¿no?
- No se crea, vuecencia, tiene mi mujer una hermana que se parece tanto a una urraca que sus padres la tuvieron subida a un palo hasta los doce años, en que viendo que se caía comprobaron que por las noches se cortaba las uñas de los pieses y perdía adherencia. Y entre meterla en una jaula o casarla con el hijo tonto del vecino, vieron que se iban a ahorrar un dineral en alpiste si la casaban. Y ahí la tiene, convertida en una señorona.
- Pues tal maravilla no ha de quedar genuflexa a los santos oídos de este santo palacio. Que vayan mis guardias mas fornidos y fuertes a buscarlo y que lo traigan a mi presencia, que se va a enterar el polllo este.
Y así se hizose. Y fue llevado a presencia del sabio prelado que viéndolo le dijo:
- ¡Anda hijo! Es cierto lo que se decía de la vuestra faz verde como rana de concurso de ranas.
Et fabló por fin el hombre con cara de sandía et dijole:
- Pues te reviento.
La moraleja de esta fábula es que cuando el destino pone al alcance de los mortales sus dones y regalías, es de necios reparar en los obstáculos que tan arbitrariamente deja el sino malvado en sus cercanías. E igual que el prelado no se comió ese día el cocido que le había preparado por ver al hombre con cara de sandía, nosotros (tú más que yo) no nos comemos el arroz con pollo pensando en el turrón de chocolate que ha de venir después.
Feliz año nuevo
Lo que sigue es un fragmento del antiquísimo libro "Abdalá jamalá, ain Já, jamalá", escrito en el siglo V a. de C. por un autor anónimo de Persia central. El citado libro fue hallado hace unos días en una tinaja enterrada en el desierto de Almeria por un pastor de camellos. El pastor ha sido procesado por andar desenterrando vasijas antiguas, y los papiros traducidos por la escuela de traductores de Toledo (el alumno que lo tradujo sacó un siete de nota media por dicho trabajo, parece que se hacía un lío con los verbos apostrolares y los circunspectos, que tanto abundan en el persa de esa época).
"...en habiendo acabado las risas y las toses, dijo el sabio hombre:
Habéis de saber que en esta ciudad nuestra vivía hace muchos años un hombres de gran valía y apuesta galanura, era piadoso y trabajador, alto y moreno de garzos ojos negros y tan anchos hombros que había muchas calles por las que no podía entrar si no era poniéndose de lado. Y hubiera sido el más deseado de los hombres si no fuera porque los dioses le habían dado una cara que era totalmente una sandía. Era verde por fuera y tenia luengas manchas de brillante color en la su frente. Y cuando sonreía se hacia de cara rara y extraño aspecto. Y los niños le hacían cabriolas y le tiraban graciosos escupitajos al su paso. Y las madres de los niños le daban ultramuces y papeles con sus direcciones, por si algún día se perdía, que pudiera pedir indicaciones. Et llegó a oídos del prelado de la existencia de tan bello señor et dijole al su ayudante.
- Don Jacobito, ¿es por ventura cierta la romanza que se me disce de un señor circunflejo de anchos hombros y galana sonrisa que tiene cara de sandía?
- Si, sabio prelado, es conocida en esta ciudad nuestra de la existencia de ese mozalbete al que su padre, en un arranque de embriaguez etílica puso por nombre Don Anselmo -contestóle el ayudante, dejándose llevar por esa pelotería tan propia de los funcionarios de la época.
- Pues que curioso, ¿no?
- No se crea, vuecencia, tiene mi mujer una hermana que se parece tanto a una urraca que sus padres la tuvieron subida a un palo hasta los doce años, en que viendo que se caía comprobaron que por las noches se cortaba las uñas de los pieses y perdía adherencia. Y entre meterla en una jaula o casarla con el hijo tonto del vecino, vieron que se iban a ahorrar un dineral en alpiste si la casaban. Y ahí la tiene, convertida en una señorona.
- Pues tal maravilla no ha de quedar genuflexa a los santos oídos de este santo palacio. Que vayan mis guardias mas fornidos y fuertes a buscarlo y que lo traigan a mi presencia, que se va a enterar el polllo este.
Y así se hizose. Y fue llevado a presencia del sabio prelado que viéndolo le dijo:
- ¡Anda hijo! Es cierto lo que se decía de la vuestra faz verde como rana de concurso de ranas.
Et fabló por fin el hombre con cara de sandía et dijole:
- Pues te reviento.
La moraleja de esta fábula es que cuando el destino pone al alcance de los mortales sus dones y regalías, es de necios reparar en los obstáculos que tan arbitrariamente deja el sino malvado en sus cercanías. E igual que el prelado no se comió ese día el cocido que le había preparado por ver al hombre con cara de sandía, nosotros (tú más que yo) no nos comemos el arroz con pollo pensando en el turrón de chocolate que ha de venir después.
Feliz año nuevo
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